El domingo pasado -07-11-2010- Caracas amaneció soleada, algo extraño en una ciudad donde, desde hace muchos días, llueve tanto como en Galicia. Yo tenía una extraña cita en el parque más grande de la ciudad: el Parque del Este, otrora verde y hermoso; hoy sin grama y sin la replica de la carabela de Cristóbal Colón que tanto disfrutaban los niños.
Digo que mi cita era extraña porque mi seno izquierdo, afectado por un no sé qué, iba a ser examinado en ese parque en un operativo de salud en el que SENOSALUD estaría presente. El martes anterior acudí por primera vez a esa ONG a buscar información porque ellos se dedican a la prevención del cáncer de seno y a darle apoyo a las pacientes que lo padecen. Aquel era un día de lluvia torrencial, casi de tormenta tropical. Caminé por la caraqueña urbanización Las Mercedes en medio de calles llenas de agua oscura y barro, pero no me di por vencida: ¡era ahora o nunca! La verdad es que no quería ir a ningún sitio que hablara de cáncer de mama. Lo había evitado por mucho tiempo, pero todo tiene un límite. Ni siquiera quise ver a mi otrora médico de cabecera -Luís Enrioque Palacios (internista-oncólogo y endocrino) o a mi último ginecólogo, el doctor Hoffman. Mucho menos quise mencionarle lo que me estaba pasando a mi gran amigo Federico Gómez Sandoval (urólogo cirujano y transplastinta de riñón) Sabía que si Federico se enteraba no me dejaría en paz hasta que yo viera a un especialista.
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Sigo con mi aventura a SENOSALUD. Desde el centro comercial El Tolón divisé la casa que alberga a esta ONG -ubicada en la urbanización Valle Arriba, muy cerca de Las Mercedes- y llegué de inmediato. Ni siquiera tuve que tocar el portón de la entrada porque alguien, desde un coche, me abrió la puerta. Subí unas escaleras y me encontré en una hermosa casa. La primera impresión que tuve de su logotipo era la de un seno que derrama una gota de leche, ¿o de llanto? ¡Qué jugadas nos hace el inconsciente!
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Sigo con mi aventura a SENOSALUD. Desde el centro comercial El Tolón divisé la casa que alberga a esta ONG -ubicada en la urbanización Valle Arriba, muy cerca de Las Mercedes- y llegué de inmediato. Ni siquiera tuve que tocar el portón de la entrada porque alguien, desde un coche, me abrió la puerta. Subí unas escaleras y me encontré en una hermosa casa. La primera impresión que tuve de su logotipo era la de un seno que derrama una gota de leche, ¿o de llanto? ¡Qué jugadas nos hace el inconsciente!
Desde que llegué, la atención fue esmerada por parte de la señora Gladys, quien fue mi anfitriona ese día. Mi chubasquero estaba empapado y en mis piernas había barro, pero yo le había ganado la primera batalla al miedo. La señora Gladys me dio un papel para que limpiara mis piernas y un café para calentarme por tanta lluvia que me había caído. Después que me mostró todas las oficinas y otros espacios, me pidió que fuera a las Jornadas de Salud del Parque del Este del siguiente domingo, donde un médico me examinaría y daría las órdenes para los estudios que deben practicarme. Miraba y en todos lados veía pelucas, prótesis mamarias (que evité detallar) y una chica nos mostraba camisetas a una señora y a mí, todas con el logo de SENOSALUD.
Más tarde le diría a mi hija que no entendía cómo algo tan serio se podía examinar en un parque cuando estas son cosas de clínicas y hospitales. Las dudas son las mejor excusa para evadir lo que queremos ignorar, mas las dudas no pudieron conmigo y acudí a la cita. Mi amiga Claribel -mi ángel guardián en esta ciudad de Caracas- llegó temprano al parque y me guardó puesto. Si ella no me hubiera acompañado, confieso que no voy. La noche anterior no pude dormir e hice una crisis de pánico. Amanecí agotada, me bañé y me fui al parque. Al llegar vi los consultorios improvisados. No pensé nada sobre ellos. A partir de ese momento, todo me daba igual. Lo importante era que estaba ahí y eso, en mis condiciones, era como subir el Everest en solitario, sin un sherpa que me guiara. Mis pensamientos estaban puestos en la persona que me atendería y en cómo me atendería. Ese “cómo” era vital para mí.
Los que me conocen saben que me aterran los médicos y que, el trauma producido luego de mi larga hospitalización en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela, no lo he superado tras cinco años de lo sucedido. Se trata de un hospital de lujo -de la seguridad social de Galicia (SERGAS)- muy moderno y con tecnología avanzada, pero con una mayoría de médicos y enfermeras que practican "legalmente" la tortura a pacientes indefensos. Yo fui uno de esos pacientes y me salvé de morir porque mi hija -médico- pudo lograr que pararan a tiempo una infección intra abdominal que ella sospechaba y sus colegas se negaban a admitir. Sólo el personal de tomografías, resonancias y RX es humano y trata a los pacientes con respeto y consideración.
Los que me conocen saben que me aterran los médicos y que, el trauma producido luego de mi larga hospitalización en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela, no lo he superado tras cinco años de lo sucedido. Se trata de un hospital de lujo -de la seguridad social de Galicia (SERGAS)- muy moderno y con tecnología avanzada, pero con una mayoría de médicos y enfermeras que practican "legalmente" la tortura a pacientes indefensos. Yo fui uno de esos pacientes y me salvé de morir porque mi hija -médico- pudo lograr que pararan a tiempo una infección intra abdominal que ella sospechaba y sus colegas se negaban a admitir. Sólo el personal de tomografías, resonancias y RX es humano y trata a los pacientes con respeto y consideración.
Volviendo a la mañana en el Parque del Este de Caracas, ¡por fin me tocó a mí! El médico era un hombre a quien no detallé. No recuerdo haber mirado su rostro, mucho menos sus ojos. Pocas veces me gusta mirar a los ojos. El examen comenzó. Yo, experta en médicos buenos y malos, noté que este examen era distinto, bien hecho. Profundo. ¿En manos de quién estaba? me pregunté a mí misma. Un residente no podía ser porque este médico examinaba más allá del examen normal de mama que prestigiosos médicos me han hecho en varias oportunidades. No lastimó para nada mi mama dolorosa (la izquierda) pero se afincó en la derecha que por primera vez, en mi vida, dolía mucho a la palpación del médico. En medio de los dos senos el dolor fue muy fuerte a la palpación, aunque duele espontáneamente. Las preguntas de parte del médico fueron pocas, las rutinarias y obligatorias. Las mías, inexistentes. No tenía interés en saber lo que él palpaba. Lo único bueno que aprendí con los médicos europeos fue a preguntar poco porque antes hacía todo tipo de preguntas. Como los médicos europeos no permiten preguntar, esta vez no indagué nada, aun a sabiendas de que los médicos venezolanos sí le dan explicaciones a las interrogantes del paciente.
Al terminar el examen, el médico se dirigió a una de las señoras de SENOSALUD a quien le dijo: “El caso de esta chica es delicado y hay que hacerle seguimiento” Inmediatamente ordenó mamografía, ecosonograma y punción (para tomar una biopsia), justo los tres exámenes que yo consideraba que debían hacerse porque conozco mi cuerpo más de lo que cualquier médico se pueda imaginar. Nunca me he equivocado y coincidí con él en que mi caso era delicado. Lo supe desde que apareció ese algo extraño en mi seno izquierdo. Sólo no coincidí cuando se refirió a mi con la palabra “chica”. A mis 59 años la palabra señora -o doña- no es una ofensa y “chica” es un halago muy simpático. Después del examen tuve la certeza de que estaba ante un buen clínico de quien ignoraba todo, hasta su nombre.
Luego me dieron una Carta Aval para hacerme los estudios en una clínica privada. Posteriormente se me acercó una chica de SENOSALUD. Ella, supremamente amable, comenzó a conversar conmigo. La conversación fue tan amena que terminó dándome su número de móvil y me dijo que la llamara cuando quisiera. Se llama Enma Avellaneda y es socióloga clínica. Al final de la conversación, hicimos una cita en SENOSALUD porque en mi condición de casi extranjera en Caracas, volvía a repetir mi historia gallega: sola -sin familia en esta ciudad caótica- y -de nuevo- con una enfermedad delicada, la posibilidad de ir a un quirófano y mis hijas del otro lado del Atlántico. Si una vez es fuerte enfermar, hospitalizarse y ser operado estando sólo en el exterior; vivir esto dos veces, es demasiado. Algo que una no espera que se dé más de una vez. Supongo que pocos seres humanos lo soportan. Di gracias por sentirme toda una experta en esta experiencia de salud en soledad porque, esta vez, nada ni nadie me pillará desprevenida. Ahora sé cómo proceder en estos casos y por muy dolorosos y difíciles que sean, no son imposible de sobrellevar, mas no deseables. El cariño de la familia es un bálsamo y cuando falta es un horror. Más que un horror, es un baño de tristeza.
Comprendí -en ese parque- que la buena medicina no se hace sólo en un consultorio, un hospital o una clínica de lujo. La buena medicina se puede hacer hasta en la selva. Estos consultorios improvisados y modestos eran una prueba de ello. SENOSALUD superó mis expectativas en esa jornada de domingo de noviembre.
El martes 09-11-2010 estaba de nuevo en SENOSALUD en consulta con Enma Avellaneda. Yo, acostumbrada a tratar con psiquiatras brillantes -como el doctor José Luís Vethencourt (fallecido en el 2008)- encontré en esta socióloga clínica a una persona que sabe escuchar, y lo más importante: sabe darle contención al paciente. Le pregunté por el médico que me examinó tan profesionalmente, y ella me respondió:
- Se llama Juan Hernández y viene de una familia de oncólogos.
No me había equivocado con este médico. Algo particular percibí en él.
A partir de entonces me sentí en las buenas manos de Enma Avellaneda y del doctor Juan Hernández, y bajo el cobijo de SENOSALUD que ya comencé a sentir como mi casa, donde encuentro comprensión y gente en mis condiciones. Ahora voy dejando los miedos o aprendiendo a que, a pesar de los pesares, me dejen dormir y no se conviertan en tormentas nocturnas que sacudan mi psiquis. Quiero paz en medio del temporal que azota mi cuerpo.
De esa jornada de SENOSALUD, en el Parque del Este, me quedó grabada una imagen casi cinematográfica:
Del improvisado consultorio sale la paciente (yo). La sigue el doctor Juan Hernández. Éste lleva en sus manos un papel. Es el informe de la paciente que acaba de examinar. La paciente está muy cerca y sólo alcanza a mirar el dibujo de unos senos y le llama la atención que uno esta pintado de rojo. Es el médico quien lo ha pintado de color sangre.
Horrible imagen, ésa que conserva mi memoria.
Horrible imagen, ésa que conserva mi memoria.
Ese detalle es el que marca ese día y es ese seno rojo el que ahora habla y seguirá hablando en otros post. Ahora comprendo lo que es tener un seno de tal color. Yo lo quiero color nude (esta palabra viene del inglés y significa "desnudo". Es un color muy usado en la moda. Me gusta llamarlo "color carne") aunque no sea posible por un tiempo. O tal vez no cambie su color nunca más. El tiempo lo dirá. Lo que no olvidaré es que ese domingo -07-11-2010, en horas de la mañana- tuve mi primer encuentro con mi seno rojo.
